Soñé que caía hacia delante.
Desperté violentamente contra el suelo. El impacto me recorrió por completo, como si se abriera paso a través de mis venas, tectónico, agrietando las tiranteces de mis viejos músculos. Sacudí el barro de mis manos y me incorporé en aquella oscuridad.
Tienes que salir de aquí, Josef.
No sabía dónde estaba. Mis ojos parecían arrancar tonos diferentes de la negrura, una suerte de mosaico difuso de siluetas grises y cambiantes. No podía saber si se trataba de formas reales o eran fruto de la conmoción sufrida. El aire era húmedo y me enfriaba la garganta al respirar. El olor a moho, inequívoco, pintó de cualidades cavernosas el lienzo oscuro. Y el único sonido perceptible era un borboteo rítmico a mis espaldas, claro y suave. Un manantial —pensé— un manantial en una cueva, pues puedo escuchar el eco de mis propios jadeos.
Tienes que salir de aquí, Josef.
Supe que estaba atrapado. Todo indicaba que me habían encerrado en una especie de caverna, pero no recordaba nada sobre tal suceso. Hacía un momento estaba… en mi estudio. Tomando notas. Unas últimas notas antes de dormir, sobre un pasaje especialmente interesante del Talmud. Una interpretación moderna había despertado antiguas inquietudes entre los estudiosos. En algún momento, había mirado por la ventana. La luna había brillado alta, entonces. Derramando azul sobre los meandros del Moldava. ¿Había sido acaso secuestrado? Habría sido impensable en otro tiempo, en otra Praga. Pero, ahora, circulaban no pocos rumores al respecto por la capital. Bandas de indeseables por las calles, judíos que desaparecían de un día para otro…
A medida que mi cabeza se despejaba pasé a sentir cada vez más frío. La lógica se deshizo en miedo. Me sentí indefenso. Estaba solo en un lugar extraño. ¿Estaba solo? Mi captor debía de estar cerca. No tenía nada con qué defenderme. No llevaba absolutamente nada encima. Caí, con horror, en la cuenta de que estaba completamente desnudo. La revelación hizo que las rodillas me fallasen. Caí al suelo. Gateé entre tinieblas, traté de contener la angustia en un bulto en mi garganta. Fui incapaz. El bulto se desenrolló en un gimoteo, y luego en otro, y este se quebró a la mitad y ya manó un torrente. Pronto mi cuerpo temblaba mientras avanzaba de rodillas, oyendo solo el llanto de un niño con voz de anciano. Pensé que moría. Palpé el suelo con dedos agrietados por el frío, con la costra de barro que pasaba a secarse en mi piel. Piel que parecía secarse a cada paso, haciendo suyas ahora el barro y la costra fría, y suyas también las grietas. Como si mis dedos las arrancaran del suelo al palparlo.
Me detuve. Respiré, con los ojos cerrados en la oscuridad.
Tienes que salir de aquí, Josef.
Alcé las manos frente a mí. Avancé. Di al fin con un muro de piedra, con aristas redondeadas y suaves. Me incorporé y lo seguí con pasos de infante, dibujando un mapa mental de mis andaduras. Tenía que salir de ahí o al menos encontrar algo con lo que defenderme en caso de ataque.
¿Defenderme de quién? Mi vida era demasiado solitaria para generar enemigos, no recordaba ninguno. Y mis investigaciones habían apartado a los pocos amigos que la suerte me había dado. Tampoco a ellos los recordaba ya. Había dedicado todos los años de mi vida a recopilar y traducir los escritos del Maharal. Cuentos del antiguo rabino de Praga, sus estudios del Talmud y sus historias sobre gólems. ¿Quién iba a querer secuestrar a alguien como yo, que solo atesoraba leyendas y tomos polvorientos?
Rocé algo pequeño y ligero con el pie derecho y le di una patada, presa de los nervios. Escuché como el objeto rebotaba contra el suelo. Me quedé muy quieto, cara pegada al muro, esperando. ¿Había sido una piedra? ¿Un hueso? ¿Una alimaña? No, había sonado a metal. Contuve la respiración durante diez ansiosos latidos. Luego solté el aire, muy despacio. No parecía que nadie lo hubiera oído. Esperé en silencio hasta que la curiosidad me azuzó hacia delante y palpé el suelo gateando hasta donde lo había oído caer.
Lo hallé junto a una pequeña estalagmita. Parecía una cajita de latón. La abrí con mucho cuidado, temiendo perder su contenido en la oscuridad. Mis dedos estaban helados, casi insensibles. Al fin, el cierre cedió. Estaba llena de fósforos.
El descubrimiento me llenó de esperanza y no perdí tiempo en encender el primero. La llama era diminuta, pero aun así me cegó durante unos segundos. La luz demostró ser suficiente para ver dónde ponía los pies si avanzaba agachado. Seguía sin poder vislumbrar gran parte de la cámara, pero no me dio la impresión de que fuera demasiado grande. Avancé junto al contorno del muro hasta mi siguiente descubrimiento.
La madera estaba podrida y casi enterrada en charcos de cera, pero su propósito no ofrecía duda alguna. Era un escritorio. En sus cajones encontré papel en bastante buen estado, un puñado de lápices y más velas de las que pudiera necesitar. Encendí varias de ellas y las distribuí por la cueva, buscando iluminar el mayor espacio posible. Me entregué a la tarea con empeño. Tenía que saber cómo era el lugar en el que estaba atrapado si pensaba escapar de allí.
Resultó ser una cámara subterránea mucho más pequeña de lo que había imaginado. El suelo estaba cubierto por montones desiguales de barro, salpicado aquí y allá por pequeñas manchas de cera que traicionaban el empleo de antiguas velas. Al fondo de la estancia fluía una pequeña corriente de agua que se filtraba a través de las rocas y parecía limpia. Se acumulaba en un pequeño abrevadero natural, antes de escapar por diminutos agujeros. La única salida de la cueva estaba obstruida por grandes rocas con aristas afiladas, que parecían consecuencia de un desprendimiento. Grité hasta quedarme afónico, con la esperanza de que alguien me oyera desde el otro lado. Nadie respondió.
Me dejé caer sobre la roca baja que se encontraba frente al escritorio. No sabía cuánto podría sobrevivir sin comer o cuándo se agotarían las velas. Tenía agua, al menos, pero de momento no sentía sed. Mi cabeza bullía con pensamientos fugaces sobre la cueva y posibles estrategias de huida.
Tienes que salir de aquí, Josef.
Traté de buscar una razón para mi encarcelamiento, rasqué mi memoria en vano. Era como tratar de arar un campo de roca maciza. El instinto de supervivencia emborronaba todo lo demás. Tienes que salir de aquí, Josef. Tienes que salir de aquí, Josef. Las rocas eran demasiado pesadas para moverlas sin ayuda, solo, y no disponía de herramientas con las que hacer palanca. El escritorio podrido no serviría siquiera como leña. Y no había nada que pudiera utilizar en el resto de la cueva.
Nada, excepto montones de barro.
* * *
Lo terminé con mis últimas fuerzas. La arcilla del suelo había bastado para moldear, prácticamente con el material justo, una estatua de tamaño humano. Había estado recogiendo barro y humedeciéndolo durante horas o incluso días. Solo era capaz de medir el tiempo en velas consumidas y en el agotamiento que me invadía. Había trabajado sin parar, metódico, con la mente inmersa en la neblina de instrucciones que recordaba de los escritos del Maharal. El gran rabino se había servido de estos hombres de barro para realizar todo tipo de tareas. Un gólem podría ayudarme a despejar la salida para escapar de ese lugar. Funcionaría. Tenía que salir de aquí. Terminé el contorno de los brazos. Abrí un orificio para la boca con dedos recubiertos de arcilla agrietada. Solo faltaba el texto, el shem. Me senté ante el escritorio.
El lápiz se deslizó sin esfuerzo, trazando fluidas líneas de caracteres hebreos. El shem era crucial. Debía ser al mismo tiempo una orden y un recipiente espiritual. El rabino Loew describía cómo, con un uso conciso y puro del lenguaje, era posible fijar la voluntad e incluso el propio ser en la hoja. Conseguirlo requería una vida de fe, estudio y meditación, y una mente libre de los pesares mundanos. Yo mismo lo había intentado en el pasado, muchas veces, sin estar seguro nunca de acercarme siquiera a los métodos del Maharal.
Ahora, sin embargo, no existía la duda. Mi mente estaba, al fin, despejada. La bruma y el ruido se deshilacharon en letras de trazos firmes que bajaban a posarse en cada línea. Terminé el texto. La orden era sencilla, lo que debía contribuir a su potencia.
«TIENES QUE SALIR DE AQUÍ»
Por último, escribí mi nombre. Sellando el canal de la voluntad que debía dar vida y propósito al barro.
«JOSEF»
***
El gólem soltó el lápiz.
Se levantó del escritorio. Tomó el papel y se acercó a la silueta que aguardaba en el centro de la cueva. Introdujo el shem en la boca de la estatua de barro y, acto seguido, se deshizo contra el suelo de piedra.
***
Soñé que caía hacia delante.
* * *
Este relato fue publicado originalmente en el nº19 de la revista Opportunity, en Septiembre de 2025