Cincuenta ruedas dentadas giraban, gloriosas, en la sala número cinco.
Sus dientes metálicos mordían con abandono las cadenas, cada dentellada inaudible bajo el estruendo de los cánticos que ella había elegido personalmente. La estampida de tambores vibraba en su pecho. Carla notaba como una vez más se sumergía en un trance arrebatador.
Una niebla espesa y sucia reptaba entre los demás acólitos. Rozaba sus cuerpos torturados, su carne semidesnuda, asimilando sus fluidos en pestilentes jirones de vapor. No tardarían en gotear entre la mugre de las baldosas, resbalando hasta los sumideros donde se acumulaban cada día. Mililitro a mililitro.
Un sacrificio aceptable para el Duque de la Pútrida Absolución.
Carla sonrió, satisfecha. Su labor aquí estaba cerca de terminar. Los objetivos de la Hermandad habían parecido inalcanzables en un principio, demasiado ambiciosos para un mundo cínico que había olvidado a sus verdaderos amos. Un mundo que dirigía su adoración a extraños que bailaban en las pantallas de sus teléfonos móviles. A algoritmos que les privaban de la necesidad de elegir en qué dilapidar su tiempo de vida. A empresas que les culpaban de destruir el planeta mientras lo masacraban sin escrúpulos a la vista de todos.
Pero lo habían logrado. Casi. Junto a sus hermanos habían dado con un método infalible y sostenible. Y, aún más importante, inevitable.
Cada semana más y más ovejas se unían a la congregación, ansiosos de ofrecer todo lo que tenían a los designios del Duque. Sus riquezas, sus cuerpos. Su esfuerzo. Que ignoraran el fin real de todo aquello no empañaba la importancia del sacrificio.
Era lo correcto. Su pestilente presencia había sido poco más que un rescoldo verduzco en el fondo de los vacíos cerebros de la civilización humana. El tiempo era irrelevante para Él, que había encontrado una forma de subsistir en rincones indignos de su presencia. Invisible para la mayoría, había pasado desapercibido siglo a siglo. Hasta que los había encontrado a ellos, sus agradecidos apóstoles.
Carla gritó a uno de los feligreses, que parecía a punto de desfallecer del esfuerzo. Su voz lo roció de maldiciones y gotas de saliva que se pegaron a sus carnes temblorosas. Surtió efecto. El obeso acólito se incorporó pesadamente y agarró con fuerza el metal. Las ruedas volvieron a girar.
El resto del rebaño trabajaba sin descanso al ritmo de los tambores. Un ejército de ojos vacíos, gargantas resecas y cadenas girando.
Su mirada perforó la cargada atmósfera, buscando los días marcados en intenso carmesí en uno de los muros. La venida del Duque era la única forma de redención que le quedaba a la raza humana. Su piel purulenta inundará montañas y estepas. Sus tendones removerán la tierra, dando paso a colosales músculos infestados por su prole. El calor que exudará su figura quemará los pulmones de los escépticos, su propia existencia será una epidemia horadando la mente de los débiles.
Carla se relamió, extasiada. Notaba su aliento arder al salir con su esfuerzo en cada giro de la infernal maquinaria. Alguien tenía que guiar a los acólitos, y su posición en la Hermandad no la eximía de tal responsabilidad. Además, era algo que hacía gustosa. Inspiró con fuerza, sintiendo sus pulmones llenarse de aire viciado y euforia. Estaban tan cerca. Sonrió de oreja a oreja antes de vomitar otra arenga a sus dedicados hermanos.
Sus labios se cerraron y rezó para sus adentros. Notaba sus miembros temblar, presos como ella, de puro éxtasis.
Si pudierais ver lo que yo, hermanos. Sus pústulas se abrirán para nosotros cuando el día llegue, grandes como el pórtico de una inmensa catedral. Nos dará la bienvenida acariciando nuestras mentes con los más dulces olores, y nuestra piel con su cálido aliento cuajado de esmeraldas. No os repudiará ante vuestra ignorancia, ni os negará el afecto de su fétido abrazo. Todos nosotros seremos dignos cuando llegue el día de cruzar ese umbral.
La inútil y pesada oveja, que había parecido reaccionar ante sus latigazos verbales, terminó por caer sobre el artefacto que ocupaba. Un hilo de baba chorreó de su boca, deslizándose por el metal, que rodeaba con brazos inertes.
No todos. Puede que no todos sean dignos, después de todo.
* * *
Las luces se encendieron tras sus párpados.
Cuando le llegaron las últimas estrofas de Maniac se dio cuenta de que se había dormido.
Raúl abrió los ojos de golpe. Le dolía todo. Se incorporó como pudo en su estrechísimo asiento.
Demasiado rápido.
Notó como se le aligeraba la cabeza. Estaba a punto de caer al suelo cuando unos brazos fuertes lo sujetaron.
—¡Cuidado Raúl! ¿Estás bien?
El chico sonrió. Apenas era capaz de levantar las comisuras de sus labios de puro cansancio, pero lo intentó muy fuerte.
—Sí, Carla, tranquila. Me he pasado un poco hoy, eso es todo.
Su monitora de spinning le devolvió la sonrisa, apoyada en su bicicleta estática. Tenía unos dientes perfectos.
—Te tengo dicho que te lo tomes con calma. Que siempre te pegas una paliza, y luego te tiras días sin venir. Ya sabes que lo importante es la constancia.
—Tienes razón, tienes razón.
El resto de la clase le estaba mirando.
Joder, qué vergüenza. Lo que me faltaba.
Bastante difícil le resultaba ya cruzarse media Sevilla para venir aquí, como para encima tener que aguantar las miraditas de siempre. Había engordado mucho en los últimos años, pero le estaba poniendo remedio. ¿Es que no veían su esfuerzo?
Carla se giró hacia ellos. La monitora era una de las pocas personas con las que se sentía cómodo en el gimnasio.
—Venga, clase, que ya hemos acabado por hoy. Dejadle espacio a Raúl, que respire bien que hoy lo ha dado todo… ¡Igual que vosotros! ¡Vamos, venga ese aplauso!
La musculosa monitora empezó a aplaudir con fuerza, siempre sonriente, y sus compañeros de clase no tardaron en incorporarse. Raúl se encontró aplaudiendo antes de pensarlo. Le maravillaba la actitud de Carla.
La vio dirigirse sin mostrar cansancio alguno al calendario que colgaba en la pared del fondo, tachando algo con un rotulador rojo. Era tan fuerte y segura de sí misma. Tan motivada. Siempre animándoles, siempre incansable.
A él le costaba horrores levantarse para venir aquí. Y ahí estaba ella, plantada ante el calendario, con los brazos en jarras y una deslumbrante sonrisa de oreja a oreja
Carla parecía disfrutar de verdad de su trabajo.
* * *
Este relato fue publicado originalmente en el nº35 de la revista digital Tentacle Pulp, en Enero de 2023.